Apo Island y sus tortugas

Aquella mañana la habíamos dedicado a nadar con tiburones ballena en Oslob, y lo siguiente que nos pedía el cuerpo era ir en busca de tortugas en Apo Island. Una buena amiga de Barcelona, Mònica, nos había recomendado visitar esta pequeña isla donde la actividad por excelencia es nadar con tortugas (a pie de playa).

Para llegar hasta la isla de Apo hay que hacerse a la idea de que uno va a tener que dedicar horas de viaje, así como utilizar varios transportes. Pero es posible, y ¡merece la pena! os contamos cómo llegar de Oslob a Apo Island:

En Oslob tomamos un autobús local (el de color amarillo, sin aire acondicionado), dirección a Santander. Hay que apearse en el puerto de Bato. Este trayecto nos tomó una hora y media y nos costó 30 pesos por cabeza (0,60 euros). Una vez en el puerto de Bato cogimos un ferry para cruzar a Tampi (que pertenece a la isla de Negros). Hay barcos cada hora en punto. Cuestan 62 pesos por persona y se demoran unos 30 minutos de una orilla a la otra. Una vez estuvimos al otro lado, nos informaron de que el puerto de Tampi quedaba a 10 kilómetros al norte de Dumaguete, donde debíamos dirigirnos a coger el siguiente autobús. Varios conductores de triciclo nos quisieron engañar, alegando que no había transporte público hasta Dumaguete (alerta: esto nos pasó en muchos lugares, los conductores de triciclo suelen intentar engañar al viajero en cuanto a los transportes disponibles por la zona, las distancias y los precios. Nos pasó a nosotros y a muchos otros extranjeros con los que nos cruzamos).

Finalmente conseguimos llegar en jeepney desde Tampi hasta la estación central de autobuses de Dumaguete. Allí cogimos un autobús del que prácticamente saltamos en marcha cuando vimos el cartel de “Malatapay, Apo terminal ferry”. Estos autobuses salen cada media hora. Se puede elegir entre los que disponen de aire acondicionado (50 pesos, 1 euro) o los que van con las ventanillas abiertas (26 pesos, 0,52 euros). No es mucha la diferencia, aunque la distancia que hay que recorrer es de solo 20 minutos. Al bajar del autobús, en medio de una larga carretera, tuvimos que andar unos 10 minutos hasta el “puerto”, que es algo así como una casita de madera. Allí negociamos el precio de la barca: “Oficialmente” (y decimos oficialmente entre comillas porque muchas de las cosas oficiales en Filipinas, simplemente, se las inventan) la barca cuesta 600 pesos por persona y trayecto (12 euros). Pero si dices que te vas a alojar en el Liberty’s Lodge & Dive (uno de los 3 alojamientos disponibles en Apo) la barca te cuesta 300 pesos por persona y trayecto (6 euros). Nosotros no teníamos ni idea de donde dormiríamos, pero habíamos leído esta recomendación y nos resultó excelente. En la barca que cruza a Apo, os recomendamos dos cosas: que os guarden bien las cosas en la pequeña bodega (durante el trayecto se moja todo) y que vayáis en bañador… ¡llegamos empapados!

Apo IslandA medida que nos íbamos acercando, nos percatábamos de lo diminuta que era esta isla volcánica, que a penas abarca 7 km de punta a punta. Eran poco más de las 4 de la tarde cuando soltábamos los bártulos (y pagábamos religiosamente las tasas por entrar en la isla, 100 pesos -2 euros por persona-). Finalmente nos alojamos en el Liberty’s Lodge & Dive, ya que la relación calidad/precio fue lo mejor que encontramos. La habitación doble con baño privado (muy sencilla) nos costó 500 pesos la noche (10 euros). En el mismo lugar cenamos y comimos, ya que las opciones en la isla eran escasas (por no decir que solo hay un lugar más donde comer). Y es que nos bastaron pocos minutos para comprobar que la zona habitada era muy reducida, contando solo con cuatro calles donde la piedra y arena se mezcla con las casas de madera y bambú, y donde sus lugareños se sientan a tomar el fresco en sillas de plástico entre gallinas y cerdos que campan a la entrada de las viviendas.

Aquella misma tarde alquilamos el equipo de snorkel con el ansia de bañarnos con tortugas. Sin embargo, no tuvimos suerte y no vimos ni una. Nos sentíamos frustrados, pues todo el mundo aseguraba que era imposible no ver tortugas en Apo. Más tarde nos contaron los lugareños que a esas horas de la tarde la marea está demasiado baja y se alejan de la costa. La mejor hora para verlas es bien temprano, alrededor de las 7 de la mañana. Así que, resignados, recogimos las cosas y nos dispusimos a ver el atardecer desde la terraza del Liberty’s, con la isla de Negros de fondo.

Había sido un día de emociones y, sobretodo, de viajar mucho de un lugar a otro. Estábamos agotados, así que resolvimos cenar bien pronto. A las 7 de la tarde ya teníamos los platos servidos y augurábamos una noche bien tranquila. Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando unos minutos más tarde empezó a sonar música, a aparecer gente y suculentos platos fueron saliendo de la cocina a una mesa central de la terraza. Un gran cerdo asado fue el colofón para saber que una gran fiesta se avecinaba. A aquellas alturas ya habíamos aprendido que a los filipinos les encanta la fiesta (además, usan la misma palabra: fiesta) y que no conciben celebrar algo sin música muy alta, un buen karaoke, alcohol y mucha comida, entre la que siempre se encuentra un lechón entero asado en el centro de la mesa.

Para nuestro asombro, fuimos invitados a la fiesta. Aun creemos que el hecho de mirar cómo se preparaba todo, sonreír y levantarnos a bailar cuando una canción nos gustaba, fue la culpa de que, en menos que canta un gallo (y de esto ya hablaremos en otro momento, porque en Filipinas los gallos cantan a todas horas y constantemente), nos pusiesen un plato en una mano con cerdo y fideos salteados (que tuvimos que comernos por no hacer un feo) y una cerveza en la otra. Sin darnos cuenta estábamos comiendo y bailando con más de veinte personas locales y algún extranjero. Al cabo de un rato, un chico joven se acercó a saludar y se presentó como Olivier (con un acento francés que lo delataba sin lugar a dudas). Él nos explico quiénes eran ellos y qué festejaban.

Tortuga en Apo IslandNos señaló a una mujer de unos 60 años, de piel clara y pelo blanco. Ella bailaba y sonreía. Todos los locales se arremolinaban a su alrededor y al de su acompañante, de una edad similar y tan simpático y vital como ella. Olivier nos explicó que aquella señora era su madre y que llevaba más de siete años consecutivos yendo a la isla de Apo durante un mes. Lo que empezó siendo un simple viaje a Filipinas, en el que incluyó Apo Island para bucear (resulta que esta isla es uno de los mejores lugares de Filipinas no solo para nadar con tortugas, sino también para bucear y ver más de 200 tipos de coral diferentes), acabó siendo un lugar al que su madre volvía año tras año, no solo con la excusa del buceo, sino a estar con la gente, llevándoles medicinas, gafas graduadas y, lo más importante, a enseñarles cómo utilizar todo ello. Olivier nos contó que los habitantes de Apo creían que su madre era médico, solo por el hecho de que les enseñaba cómo debían tomarse un medicamento. “Ellos, cuando tienen dolor de cabeza no se toman una aspirina, creen que si se toman diez, ya les servirá para todo el año”, nos contaba Olivier. Nos quedamos pensativos. Y es que a veces creemos que con el hecho de llevar medicamentos a un lugar, estamos ayudando mucho. Lo que no sabemos es que hay culturas que no saben cómo emplear dichas medicinas y que, al contrario de lo que pretendemos, puede ser perjudicial si no lo acompañamos de una explicación y de un cuidado de cómo se suministran. Descubrimos la historia de una mujer que se dedica a llevar medicamentos a una isla remota y muy humilde de Filipinas y a convivir con lugareños mientras les enseña cómo emplear lo que les entrega. Ella lo hace de una forma totalmente humilde y alternativa, queriendo quedar en el anonimato. 

Resultó que, aquella fiesta, era la despedida de esta mujer y el grupo que en aquella ocasión la acompañaba. Habían pasado un mes haciendo buceo y ayudando en la isla. Sus habitantes les habían preparado aquella velada en agradecimiento a su labor. Fue una gran noche, en la que bailamos hasta quedarnos sin aliento (y sin electricidad, porque a las 10,30 de la noche la isla entera se queda a oscuras) y en la que conocimos a personas que hacen cosas excepcionales por su cuenta, haciendo real aquello de lo que muchos hablan y pocos hacen: “cambiar el mundo con pequeños gestos”.

Al día siguiente nos volvimos a lanzar al mar con fuerzas renovadas y la ilusión de encontrar a las tortugas. Y en esta ocasión sí las vimos. Nos contaron que había hasta 60 alrededor de la isla. Algunas de ellas estaban justo a escasos metros de la orilla, por lo que solo bastaba con adentrarse un poco para nadar con tortugas en Apo Island.

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2 Comments

  • Reply Helena 16 mayo, 2016 at 15:52

    Me encantan vuestros reportajes. Si algún día viajó a Filipinas tendré en cuenta vuestras indicaciones, seguro que son UNA GRAN AYUDA.

  • Reply JORGE WELSCH 17 mayo, 2016 at 19:51

    HE PASADO LA WWW A VARIOS AMIGOS Y ALGUNOS ESTÁN DECIDIENDO DONDE IR
    EN FUNCIÓN DE VUESTROS DETALLADOS REPORTAJES. ESTÁIS HACIENDO BABEAR DE
    ENVIDIA A MUCHA GENTE. DIVERTIROS TODO LA QUE PODÁIS PERO SED PRUDENTES.

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