Bolaven Plateau

Existe un lugar en el mundo donde aun puedes recorrer kilómetros y kilómetros sin cruzarte a otros viajeros, atravesar bosques, subir montañas, descubrir cascadas que te mojan la cara y otras que te dejan boquiabierto de lo altas, grandes y majestuosas que son. Aun existe un lugar donde el turismo parece que no ha encontrado su hueco; Donde aun se mantiene todo intacto, tal y como es, tal y como fue, dejándote con la pregunta de si no habrás retrocedido en el tiempo. Un lugar donde predominan las minorías étnicas, donde los animales campan a sus anchas y los aldeanos cuidan de los campos de te y café. A los pocos que llegamos hasta aquí, nos basta con quedarnos atónitos frente a tanta belleza natural. Lo que hay que ver, está ahí, en las entrañas de Laos.

Tras el descubrimiento de las 4000 islas, este fue el siguiente tesoro del que otros viajeros empezaron a hablarnos.

-Si seguís hacia el norte llegaréis a una ciudad llamada Pakse, con vestigios de influencia francesa, decadente en la actualidad. No tiene mucho, pero lo mejor es que una vez allí, podéis alquilar una moto y hacer el looping

-¿El looping?

-Sí, el looping. Es un recorrido circular por la meseta Bolaven Plateau, empieza y acaba en el mismo sitio: Pakse. Con la moto que alquilas lo recorres en unos tres o cuatro días, pasando por muchas cascadas espectaculares, bosques, cafetales, pueblecitos remotos… Una aventura única

Los ojos se nos iluminaron y una sonrisa entusiasta delató que ya teníamos decidida la siguiente parada.

Llegamos a Pakse en un destartalado autocar desde las 4000 islas, y sin mucha dilación nos encaminamos a buscar un sitio donde dormir. Ubicamos el mercado central, la calle principal, dónde tomar un buen café (Vida Bakery Café), dos restaurantes económicos con buena pinta (Daolin Restaurant) y las agencias donde alquilar una moto (casi todas en la calle principal que cruza la ciudad).

Nos decantamos por una moto semi-automática de 100c para los dos, por 50.000 kips al día (5,5 euros). En la misma agencia nos dieron un mapa con los dos recorridos que podíamos hacer: el small loop (recorrido circular corto, 2 días y 1 noche) y el big loop (recorrido circular largo, 4 días y 3 noches). Allí mismo nos comentaron que el estado de la carretera principal estaba bien, simplemente debíamos tener cuidado al desviarnos hacia alguna de las cascadas, ya que esos caminos estaban sin asfaltar.

Con la moto y el mapa en nuestras manos, nos decantamos por el big loop, teníamos ganas de aventura y no queríamos escatimar en una zona que tenía tan buena pinta. Decidimos hacerlo en dirección contraria a las agujas del reloj para pasar la última noche en Tad Lo, pues presentíamos que sería el pueblecito que más nos gustaría. Y no nos equivocamos…

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Día 1

La primera jornada fue en la que más cascadas vimos, pues en este tramo del recorrido es donde se concentran las más conocidas, impresionantes y bonitas. Salimos de Pakse bien temprano, con una mochila pequeña y mucha emoción por lo desconocido. Pasamos por campos y fábricas de café y té, dejando atrás la civilización.

A los 35 kilómetros encontramos la primera cascada, Tad Itou. Pasamos de largo y paramos en la siguiente, a solo 3 kilómetros más, Tad Fan (5.000 kips por persona y 3.000 por el parking de la moto). Anduvimos hasta un mirador desde donde contemplamos de lejos esta cascada. Nos pareció preciosa. Justo al otro lado de la carretera quedaba otra: Tad Champi (5000 kips por persona y lo mismo por aparcar la moto). En esta nos pudimos acercar mucho más y lo mejor de todo es que te puedes bañar. En nuestro caso, tuvimos un día muy nublado y fresco, por lo que descartamos el baño, pero nos acercamos todo lo que pudimos hasta descubrir a un amable señor que andaba por allí y que nos indicó un secreto… Si sigues andando dirección a la cascada, justo antes de llegar al salto de agua, puedes adentrarte por uno de los extremos y rodearla por detrás, quedando resguardado en una cueva mientras el agua cae frente a ti por el otro lado. Al volver al exterior, la lluvia nos había alcanzado, y el amable señor nos dio cobijo en una de sus cabañas de bambú. Pasados unos minutos, decidimos seguir adelante sin dejarnos amedrentar por la lluvia y llegamos a la siguiente cascada: Tad Yuang (a 40 kilómetros de Pakse), una de nuestras favoritas. 

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Siguiendo las indicaciones del mapa, decidimos parar a comer en Pakson (a 50 kilómetros de Pakse), ya que era de los pueblos más grandes que quedaba por la zona y donde parecía que podíamos encontrar algo. Hay que tener en cuenta que no abundan los lugares donde abastecerse de comida, bebida o gasolina. Por lo que, cuando uno encuentra un pequeño pueblo durante este recorrido, debe aprovechar. Como buenos cafeteros, conseguimos encontrar un lugar donde tomar café (autóctono, olvidaros del expresso), en Won Coffee, justo en la carretera principal de Pakson.

Habíamos leído que otros viajeros habían pasado la primera noche en Pakson. Sin embargo, no nos sentimos muy inspirados en aquel lugar, y seguimos un tramo más hasta llegar a una pequeña aldea: Muang Pakxong, donde encontramos un alojamiento bastante decente: Platinum Guest House (habitación doble con baño dentro por 80.000 kips, 8,5 euros las 2 personas). Pasamos la tarde caminando por los campos de alrededor, observando la vida rural, el mercado donde vendían carne, pescado, frutas…

casa de LaosAquella primera jornada nos bastó para percatarnos de que la vida transcurría muy tranquila y humilde por aquella zona. Las casas que dejábamos atrás eran, prácticamente todas, de madera y paja, alzándose sobre pilones para cuando las aguas desbordadas del Mekong hiciesen su aparición, anegando toda la zona. A parte de la carretera principal, el resto de caminos eran de tierra, piedra y barro, con colores marrones y rojizos que contrastaba con el verde de los campos y  montañas. Los animales correteaban sin cadena alguna e incluso se cruzaban por la carretera según su antojo. Los niños, descalzos y con ropa escasa, se fabricaban sus propios juguetes con lo que tenían más a mano, en muchas ocasiones restos de botellas, cordeles, telas… que servían para construir algo con lo que distraerse y con lo que soñar mientras corrían unos detrás de los otros. En contraste, las señoras mayores dejaban ver la vida pasar sentadas en sus portales, con arrugas en el rostro que, seguramente, no hacían justicia a la verdadera edad que tenían, y muchas de ellas, con un cigarro que sus labios sujetaban con traza.

Cuando se hizo la hora de cenar, caímos en que no habíamos visto ni un solo sitio parecido a un restaurante en Muang Pakxong. Por suerte, encontramos un tenderete familiar donde preparaban sopa de noodles. Ese era el menú y la única opción: sopa de noodles. Estaba deliciosa. Quizá es que somos de buen viajar, y cuando los alimentos escasean y el hambre aprieta, nos conformamos con lo que hay, sintiéndonos con suerte de haber encontrado algo (esto nos había pasado y nos seguiría pasando en varias zonas de Asia).

Mientras sorbíamos los resquicios del caldo, compartimos la sorpresa de no habernos cruzado con un solo viajero en todo el día. La sensación de estar solos en la carretera, solos frente a unas cascadas espectaculares, solos rodeados de bosques y montañas… nos hizo sentir perdidos en las profundidades de Laos, como si fuésemos medio salvajes y la naturaleza nos estuviese atrapado. Muy satisfechos de la primera jornada, caímos rendidos.

Día 2

Amanecimos llenos de energía para seguir la ruta: ¿Qué nos depararía el día? ¿Qué veríamos? ¿Dónde nos perderíamos? ¿En qué lugar dormiríamos? Preguntas que solo podríamos responder a medida que fuésemos viviendo el presente.

tad-tacyisuaEl mapa nos guiaba y las siguientes cascadas que encontramos fueron Tad Alone y Tad Couple. Pero nosotros estábamos deseosos de llegar hasta Tad Tayicseua, a pocos kilómetros más. Nos habían revelado que, a pesar de que las indicaciones solo resaltaban esta cascada, en realidad se contaban hasta once en este punto, que podían verse con una caminata de un día. Lo primero que encontramos al llegar fue una casa de huéspedes, Alang homestay, donde la chica que lo regentaba se portó de maravilla con nosotros. Nos invitó a café, nos proveyó de uno palos para caminar y nos alertó de la lluvia y las serpientes. Resultó ser una artista bohemia que había viajado por todo el mundo, con grandes conocimientos en culturas que compartió con nosotros. Aun damos gracias por el café y sus recomendaciones del terreno, pues para acceder a muchas de las cascadas hay que descender un buen tramo empinado que, sobretodo con lluvia, se hace bastante complicado. De hecho, nos caímos unas cuantas veces. Eso sí, mereció la pena. De nuevo, estábamos solos en plena naturaleza. Después de unas horas, regresamos bien mojados y llenos de barro, comimos unos noodles con vegetales en la misma homestay y, cuando la lluvia arreció un poco, volvimos a la moto.

Los paisajes verdes se extendían por valles, praderas y montañas, invadiéndonos la vista y dejándonos atónitos frente a tanta belleza. Sentíamos que nunca habíamos visto nada tan bonito.

Llegamos hasta Sekong, el pueblecito donde pensábamos pernoctar (según el mapa era lo más aconsejable por kilómetros), pero por algún motivo no tuvimos buenas vibraciones y nos armamos de valor pensando que podíamos llegar hasta Tad Lo antes de que anocheciera. Pero ¡ai, ingenuos de nosotros! No tuvimos en cuenta que Laos, el Laos rural y profundo, no es un paseito cuando el clima decide ponerse fiero. A pocos kilómetros de nuestro objetivo, un cielo gris casi negro empezó a acelerar marchas hacia nosotros, las gotas de lluvia eran cada vez más frecuentes y grandes, y el viento huracanado nos azotaba con fuerza. Por un momento creímos que saldríamos volando, moto incluida. Tuvimos que parar, con la suerte de que una familia nos dio cobijo en su porche de madera. Con los chubasqueros tipo capelina enchumbados y nuestra cara completamente desconcertada, nos miramos pensando que aquel día dormiríamos allí, entre las gallinas y la paja que hacían de recibidor de la casa. Pero cuál fue nuestro cambio de pensamiento cuando, minutos más tarde vimos a otro viajero que seguía su camino en moto, pese a la lluvia y al viento. ‘Si él puede, nosotros también’. Bastó con ese pensamiento mutuo que nos dijimos el uno al otro sin hablar. Valientes nosotros, acojonados como nunca, arrancamos de nuevo hasta llegar a Tad Lo. El agua caía con fuerza y a pesar de que el pueblo no era más que cuatro calles, no sabíamos hacia donde tirar, no teníamos referencia de dónde dormir y todo estaba oscuro. Cuando pensábamos que no tendríamos donde caer muertos, pasamos por delante de unas casitas de madera donde había luz y algunas personas charlando. Paramos la moto y mientras el agua resbalaba por nuestros rostros, preguntamos si tenían habitaciones y si podíamos pasar la noche allí. Aquel lugar fue como caído del cielo.

Poco después de aquel momento en que pensábamos que saldríamos volando, estábamos sentados en la mesa con varios franceses alrededor charlando animadamente, bebiendo cervezas y comiendo pan con queso. No podíamos creer que hubiésemos tenido tanta suerte. Un puñado de niños laosianos jugaban y corrían alrededor, desde renacuajos de dos años hasta adolescentes que sonreían mientras ayudaban en la cocina que daba al comedor (todo de madera, solo las habitaciones con paredes y puertas). No entendíamos si aquello era una comuna, una casa de familia, una asociación del pueblo… Resultó ser una casa de huéspedes llamada Fandee Guest House, proyecto de Loïc y su mujer, quienes además de dar cobijo a viajeros por 60.000 kips la noche (6,5 euros por habitación tipo bungalow para 2 personas con baño dentro), cuidan de varios niños del pueblo. Se hacen cargo de pagar sus estudios, de pasar tiempo con ellos, de que tengan Fandee Guest House como lugar donde compartir una comida, una conversación, juegos e incluso donde dormir si lo necesitan. Paralelamente están en desarrollo de un proyecto mayor, en el que quieren construir un hotel que haga a la vez de escuela de hostelería, y donde todos esos niños tengan un lugar donde aprender una profesión, donde desarrollar habilidades que les valgan para tener un futuro laboral.

Con toda la emoción de un gran día en nuestros sentidos y con la felicidad de haber encontrado un lugar tan especial donde hospedarnos, caímos rendidos de nuevo en un placentero sueño.

Día 3

La tormenta de la noche anterior había arreciado y un sol radiante bañaba Tad Lo. Nos premiamos con un café bien rico que nos prepararon en la casa, de cafetera italiana, lo que nos bastó para iniciar la caminata a las cascadas del pueblo. Las primeras se pueden ver desde el puente que cruza el río y llevan el nombre homónimo. A unos 3 kilómetros, con un fácil paseo de una hora ida y vuelta, se llega a Tad Hang.

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Por la tarde nos aventuramos en busca de Tad Soung, a 10 kilómetros al sur, con la mala suerte de encontrar estas cascadas vacías. El salto que se suponía que el agua tenía que dar estaba completamente seco. Eso sí, el paisaje desde lo alto era espectacular. No recomendamos que se visiten unas cascadas sin agua, es de lo más desolador que hemos visto. Aun sabiendo que es algo normal y propio de la época seca, es como si hubieran arrebatado la vida a la naturaleza.

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De regreso al pueblo, paramos en el Hotel Tadlo Lodge, donde bañan a los elefantes cada día a las 4,30h de la tarde. Aquel día se retrasaron un poco y justo cuando metían a los elefantes en el río, el atardecer lo bañó todo con una luz preciosa, creando un momento mágico, del que solo seis personas fuimos testimonios de que, aunque lo normal sea normal para algunos, es extraordinario para otros.

Tad Lo nos tenía atrapados con su encanto. Incluso un pinchazo en la rueda de la moto nos pareció algo sin más. Se nos antojó una nimiedad y un tiempo de espera en el mecánico que nos sirvió para conocer a alguna gente local y otra parte de la aldea, además de convertirnos en espectadores de la cotidianidad: el momento del baño y la colada. Por las tardes, el río se convierte en un espacio común, compartido, de socialización, que une a hombres, niños y mujeres en su baño diario. Se enjabonan el pelo, se frotan la piel (vestidos), y aprovechan para fregar con fuerza la ropa sucia y enjuagarla con las aguas marrones que bajan de las montañas. ¿Se puede pedir más cuando las cosas son como son y no están creadas artificialmente para que el venido de fuera las vea?

Lavando en Tad Lo

Una visita al mercado local fue el broche para aquella jornada. Es algo que nos encanta, la vida en los mercados: qué venden, a cuánto, a qué horas, en qué entorno… Los pies se nos hundían en el barro mientras deambulábamos de un tenderete a otro, preguntando a cómo iba el mango. Desde que habíamos aterrizado en Asia, unos meses antes, nos había dado una déria por esta fruta tropical. En Filipinas se empecinaban en afirmar que tenían los mangos más buenos del mundo, aunque en Camboya los encontramos en mayor cantidad y deliciosos igual. Laos no se quedaba atrás, aunque en algunos pueblos era bastante caro. En esta ocasión, nos fuimos de allí muy felices con nuestra bolsa de mangos a 6.000 kips el kilo (0,60 euros).

Día 4

Amanecimos de nuevo en Tad Lo, en nuestra cabaña de Fandee Guest House. Antes de partir dimos un breve paseo hasta el río, cruzando el puente para ver por última vez las cascadas del pueblo. Las vacas y gallinas acompañaban nuestros pasos, algo que se había convertido en habitual cuando andábamos por zonas rurales. Nos encantaba haber cambiado el escenario de asfalto por montañas, ríos, barro, casas de madera y animales que nos cruzábamos como personas en la ciudad. 

tad-champeeA medio camino entre Tad Lo y Pakse nos paramos en las cascadas Tad Champee y Tad Pasuam, siendo estas últimas de las más conocidas, con forma de herradura y rodeadas de puentes. Se puede caminar por los alrededores, descubriendo otras pequeñas cascadas, así como tribus étnicas.

Hacia el mediodía llegábamos de regreso a Pakse, con cerca de 400 kilómetros a nuestras espaldas y una aventura increíble, muy recomendable para descubrir una cara genuina de Laos.

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3 Comments

  • Reply Helena. 7 octubre, 2016 at 08:26

    Qué bonito reportaje. La verdad es que nos estáis informando tan bien, que parece que viajamos nosotros ¡ felicidades!

  • Reply Ana 7 octubre, 2016 at 21:43

    Me encanta vuestro reportaje. Nos aporta tantooooo

  • Reply Laura 12 octubre, 2017 at 12:15

    Que bonito viaje…tengo pensado hacer esa ruta pero tengo una duda…¿dejasteis el equipaje en algún sitio antes de hacer el looping?

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