Colombia

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Sabe a aguardiente, a patacón y a bandeja paisa.

El olor a café recién hecho se cuela por nuestros orificios a medida que avanzamos por la calle principal de Salento. Mi nariz rastrea de dónde proviene ese delicioso aroma mientras la boca saliva deseosa por una primera taza matutina y la vista indaga algún cartel cercano que indique el lugar que buscamos. Y allí está, medio oculto entre las pintorescas casitas de planta baja. Unos porticones de color azul se baten a lado y lado, dejando ver un pequeño local de madera con un mostrador que da la bienvenida repleto de pasteles caseros recién horneados. El olor a dulce nos empuja hacia el interior de la cafetería para paladear un

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trocito de la esencia de Salento. Durante el resto de días, la zona cafetera nos acoge en un mundo de valles de espesura verde, de altas palmeras de cera, trayectos en jeeps Willy de los años 50, haciendas familiares donde producen café orgánico, hombres vestidos con botas camperas y sombreros de cowboy y neblina mañanera que baja de las montañas. Con nostalgia nos despedimos de las tierras del sur, humildes y hogareñas, que tan bien nos han tratado.

Emprendemos nuestro periplo rumbo norte, haciendo una parada en la ciudad de la eterna primavera: Medellín. Moderna y atrevida se bate entre emprendedores que abren restaurantes de moda en la Zona Rosa, y las esculturas de botero en una plaza rodeada de realidades más sencillas. Sus habitantes hablan orgullosos del metro, transporte que les ha facilitado la movilidad en una ciudad de intenso tráfico, y se alza pionera comparada con cualquier otra urbe del país. Medellín se esconde tímida entre cerros que nos hacen subir y bajar para visitar la ciudad. La vida aquí es agradable, teniendo al alcance todo lo que uno pueda necesitar. A la vez, siento que si uno sale de esos cuatro barrios, encontrará la parte más dura, que sí existe, aunque se empeñen en barrerla hacia la periferia.

Seguimos en busca de la costa, hasta dar con una de las ciudades más famosas del país. Cartagena de Indias abre sus plumas cual pavo real, mostrándose esplendorosa y elegante, exótica y caribeña. Callejeamos entre casas de colores, con paredes vivas donde fotografiarse y captar un instante lleno de olor a mar y a calor vestido de humedad; las flores cuelgan de los ventanales y la fragancia a jazmín nos guía por una ciudad histórica. Frutas frescas descansan en carritos callejeros esperando a ser degustadas por algún turista, y la piel de sus lugareños se tiñe de un oscuro más profundo que en el resto del país. Desde el Café del Mar despedimos al día en un atardecer que nos regala naranjas que rasgan el cielo. Nos aposentamos en unas sillas que descansan sobre las murallas y cañones que aun atestiguan las batallas y ataques que sufrió Cartagena de Indias. La noche ha caído sobre una ciudad que centellea como sus famosas esmeraldas.

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Partimos hacia el mar Caribe dejando atrás el skyline que dibuja la costa, con sus grandes edificios blancos, al estilo Miami. Los lugareños cuentan que los colombianos prefieren pasar sus vacaciones en primera línea de mar, rodeados de boutiques, restaurantes, hoteles que se alzan hacia el cielo… en vez de quedarse entre las calles viejas de Cartagena. Quizá me sorprende porque soy una enamorada de lo decadente, de la historia plasmada en cada edificio y cada acera, del olor a añejo, de la vida que late entre calles reales… Cuando me doy cuenta, el agua que nos envuelve es cristalina y ya divisamos las Islas del Rosario. Sorteamos playas caribeñas y algún chapuzón de vez en cuando hace demorar nuestro trayecto hacia el pequeño archipiélago de San Bernardo. Al atardecer atracamos en la isla de Múcura. El agua es tan transparente y la arena tan blanca, que apenas hace falta sumergir la cabeza para divisar peces de colores que chapucean bajo nuestros cuerpos.

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El broche final lo pone Bogotá, el corazón latente del país. Aunque se empeñan en decirnos que la capital es fea, que no vale mucho la pena dedicarle tiempo, algo me atrae y me encandila hasta el punto de, al tener que marchar, quedarme con la sensación de no haberla conocido bien. Quizá es por el contraste de barrios y maneras de vivir. Quizá es por su cerro de Montserrate y la impresión que me da tener bajo mis pies una ciudad que abarca más de lo que mi vista puede alcanzar y acoge a más de diez millones de habitantes. Quizá es porque no he sentido miedo en ninguna otra parte del país más que en Bogotá, aunque resulta ser más por las historias que nos cuentan que por ninguna mala experiencia que tenemos. Quizá es porque, derivado de ese temor, me empeño en inventar historias sobre que tengo familia colombiana para que los taxistas no nos timen, o algo peor. Quizá es porque vive aquí una amiga muy querida y el recorrer los lugares más recónditos con alguien que conoce bien por donde se mueve, me hace sentir como una lugareña más.

Colombia es una mezcla de realidades que conviven formando un país increíble y genuino al que algunas personas temen debido a su pasado oscuro con el cártel de la droga, representado por el traficante de cocaína más conocido de la historia: Pablo Escobar Gaviria. Quien logre vencer los prejuicios, se le abrirá un país lleno de sorpresas, emergente, efervescente en nuevas realidades, de emprendedores locales y extranjeros que aterrizan para crear nuevos proyectos. Colombia es una tierra llena de oportunidades por descubrir.

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