Kuala Lumpur

Un país nuevo se dibuja en nuestro mapa interno, nueva tierra que explorar, paisajes que admirar, asfalto que pisar, calor que sentir, olores que descubrir, sabores que paladear, gentes a quienes observar…

Kuala Lumpur fue nuestro primer contacto con el país malayo. Aterrizamos en la capital a las cinco de la mañana y pronto descubrimos que aquí la vida no empieza tan temprano como en otros países del sudeste asiático. Eran las ocho cuando nos adentrábamos en las calles de Kuala Lumpur y los comercios no levantaban aun sus persianas, ni siquiera para tomar un café. Eso lo hemos seguido viendo en el resto del país, donde la explicación que nos dan es que, por un lado los malayos no toman café a primera hora del día, y la segunda es que no les gusta mucho madrugar. Entendido, aquí nos podemos permitir dormir hasta más tarde sin perdernos mucho.

La capital se viste de avenidas grandes, de altos edificios, de enormes centros comerciales donde hay plantas dedicadas única y exclusivamente a la comida. Todo ello mezclado con callecitas que se enredan entre ellas, y puestos de comida callejera ofreciéndote mesas y sillas de plástico, mientras las parrillas ahuman con sus deliciosas brochetas cocinadas al momento. El asfixiante calor que nos azotó en Kuala Lumpur y su vida en la calle, contrastaba con el gélido aire acondicionado y las tiendas lujosas que albergan los centros comerciales. Uno de sus almacenes más conocidos es el Pavilion, donde en la planta baja hay un food court con más de 30 restaurantes de comida diferente. Vaya, que si te gusta comer, Kuala Lumpur es un excelente lugar para hacerlo. Y eso hicimos nosotros, saciar nuestro apetito con todo aquello que se nos antojaba (y que estaba dentro de nuestro presupuesto).

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La primera tarde en la ciudad la dedicamos a visitar Las Petronas. Ambas torres nos dejaron perplejos y las admiramos por delante, de lado, por detrás… cualquier ángulo valía para mirarnos y decirnos con los ojos: ¿te das cuenta de dónde estamos? ¡Estamos en Malasia, delante de Las Petronas! Tan entusiasmados estábamos, que decidimos cenar en la parte de atrás de las torres, donde hay un parque y un estanque con chorros de agua y luces de colores. Compramos algo de comer en el supermercado que hay en el centro comercial de Las Petronas e hicimos un improvisado picnic en el parque. Como era sábado, pensamos que la noche estaría animada y nos dirigimos hacia el barrio de Bukit Bintang. La calle Changkat Bukit Bintag nos recibió con decenas de bares y clubs a lado y lado, algunos con música en directo, otros con dj’s que pinchaban reggae o salsa. Cervezas frías, ambiente internacional, gentío de arriba abajo, cruce con la famosa calle Jalan Alor y mucha vida en la calle.

castañas en china townLa mañana siguiente la dedicamos a pasear por China Town, un barrio que realmente vale la pena visitar y dejarse guiar por sus farolillos colgantes, sus puestecitos con imitaciones de todo lo que podáis imaginar, sus castañas a fuego lento (con el calor que hacía, ¡dios mío!), sus calles adoquinadas, sus hostales para mochileros y su mercado central, donde puedes seguir comprando souvenirs o subir a la parte de arriba y tomar comida hindú, china o malaya por un precio realmente económico.

Nuestra ruta continuó hacia el distrito colonial, en especial buscábamos la plaza Merdeka. Literalmente significa Plaza de la Independencia, puesto que en 1957 substituyeron la bandera del Reino Unido por la malaya, que ahora ondea en un mástil de 100 metros, proclamando así su independencia.
Una gran explanada verde queda envuelta por algunos edificios importantes y de arquitectura muy variopinta como el Complejo Royal Selangor Club, el Museo Nacional de Historia, la Oficina de Turismo Central o la Catedral de Santa María.

La tarde acabó con un paseo por Little India hasta la estación de monorail de Chow Kit. Sinceramente, Little India no nos fascinó tanto como China Town, pero quizá fue porque no le dedicamos tanto tiempo o porque ya llevábamos muchas horas caminando bajo un sol y con una humedad que se pegaba a la piel. Esa fue la noche que decidimos cenar en el centro comercial del que os hablábamos, el Pavilion, con tal de que el sudor se nos secase con el helado aire acondicionado. Nos fue complicado escoger qué tipo de comida queríamos tomar, y de entre ella, en qué restaurante o puestecito comprarla. crea tu propia sopa tu gustoLuego, la pudimos tomar en las mesas que había en el centro, independientemente de dónde la hubiésemos comprado. Nos decidimos
por uno donde servían sopas que creabas tu mismo. Nos pusimos a la cola y algo en nuestra mirada debía denotar desconcierto, pues un buen señor que estaba delante nuestro nos indicó qué debíamos hacer: coger un cuenco, e ir decidiendo qué poner en nuestro plato (había diferentes tipos de vegetales, de tofu, de frituras, de noodles, de mariscos…). Avanzábamos en la cola e íbamos echando lo que nos parecía comible por la vista. Una vez llegamos a la caja, la señora echó todo lo que habíamos cocinado en un caldo hirviendo. Lo dejó cocer y de nuevo lo puso en nuestro cuenco, junto a una salsita. ¡Y listo para tomar!

Al tercer día nos despedimos de la ciudad. Íbamos en busca de montaña y de algo menos de calor. Así que pusimos rumbo al centro de la Malasia peninsular. Salir de Kuala Lumpur nos costó lo nuestro. Nos equivocamos de estación, pensando que si íbamos a Pudu Sentral podríamos coger un autobús directo a los Cameron Highlands. Pero tras caminar 2 kilómetros mochilas a cuestas, nos topamos con que allí solo se puede coger si has comprado el billete anticipadamente. Así que nos tocó coger el metro de Pudu Sentral hasta la estación central de autobuses TBS. Y allí sí. En la estación TBS puedes comprar los billetes y tomar autocares que conectan con todo el país, e incluso te llevan de Kuala Lumpur a Singapur.

Así que, por fin, estábamos listos para viajar de Kuala Lumpur a Tanah Rata (el pueblecito situado en la zona de Cameron Highland), lo que nos llevaría cuatro horas en un autocar que nos pareció muy confortable. Asientos anchos, reclinables en espalda y piernas. Comparado con los autobuses locales de Sri Lanka, aquellos nos pareció puro lujo; tanto, que caímos rendidos en una adorable siesta.

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3 Comments

  • Reply Helena 16 marzo, 2016 at 20:17

    Cuantas experiencias en tan poco tiempo !!! Me parece muy apetecible lo que explicáis de la comida hecha al gusto de cada uno.

  • Reply Ana 18 marzo, 2016 at 13:18

    Queridos viajeros, mientras nos deleitáis con vuestras vivencias aquí seguimos pendientes de vuestros increíbles relatos-experiencias. Os queremos.

  • Reply Alex 3 abril, 2016 at 21:10

    ¡¡¡Bueno, ya sabéis el porqué de Callo Malayo!!! Cuanta sabiduría hay en el refranero popular…

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