Palawan

Nuestro primer destino en Filipinas fue Palawan, ¡y qué primer destino! Hoy, visto con perspectiva, consideramos que es de lo que más nos gustó de nuestro recorrido por el país.

Llegamos a la capital de Palawan, Puerto Princesa, el pasado 11 de abril. Era de noche cuando aterrizábamos. El aeropuerto queda muy cerca de la ciudad, por lo que decidimos aventurarnos a pie por las polvorientas calles franqueadas por palmeras, plataneros y casas de bambú. Una sensación de paz y bienestar pareció invadirnos. Algo nos atrapó desde que pusimos el primer pie en Filipinas.

Pasamos dos días alojados en la ciudad, en una casa de huéspedes muy recomendable: Charm Guest House, regentada por una familia encantadora (sobretodo los niños, Fiona y Ralph). Quedaba a 10-15 minutos a pie de la Avenida Rizal (la avenida más popular de la ciudad), donde hay restaurantes, bares, tiendas, además de cajeros (ATM) y lugares para alquilar motos.

La manera más común de moverse por Puerto Princesa es en triciclo (una moto que lleva enganchado un carrito donde caben dos personas -y diez Filipinos-. Nos referimos a que donde nosotros pensamos que caben dos personas, en Filipinas se mete una familia entera, con tíos, primos y abuela incluida. Como en las motos, donde van tres, cuatro y hasta cinco personas. Otra de las formas es viajar en “jeepney”, una pequeña furgoneta que funciona como un autobús.

nagtabon beachNosotros usamos ambos transportes, incluyendo el alquiler de una moto para movernos a nuestro antojo (nos pedían 600 pesos por 24 horas. Lo negociamos y la conseguimos por 300 pesos para usarla de 9 de la mañana a 9 de la noche). Con ella nos aventuramos a descubrir una playa “secreta” de la que nos habían hablado. Se trata de Nagtabon, a 40 kilómetros (45 minutos en moto) al noroeste de Puerto Princesa. Cuando llegamos no podíamos creer lo que veíamos: aguas cristalinas, arena blanca, apenas 4 personas en el lugar… Nos quedamos alucinados, solo podíamos sonreír, saltar, hacer fotos y correr a bañarnos en aquel agua paradisíaca. Realmente nos pareció la playa más bonita que habíamos visto en nuestra vida. Allí pasamos nuestro segundo día en Filipinas.

Nagtabon beachSi prevéis ir a Nagtabon Beach os aconsejamos llevar algo de comida, ya que allí no hay prácticamente nada (algo de bebidas y poco más). Nosotros compramos pan y frutas por el camino y nos sirvió para aguantar hasta la cena.

Puerto Princesa nos pareció una ciudad ajetreada a la vez que segura y agradable. No teníamos muy buenas referencias de otras urbes como Manila o Cebú, pero de Puerto Princesa habíamos leído que es la ciudad más limpia de Filipinas, y a nosotros así nos lo pareció. Recorrimos varias veces uno de sus epicentros: la avenida Rizal. Paseamos por el mercado y sus calles colindantes, que son un auténtico río frenético de gente y vehículos. Lo que más nos gustó fue acabar los días viendo el atardecer desde el Baywalk, el paseo marítimo. Y para cenar, la mejor recomendación que nos hicieron: justo al final de este paseo, un chirinquito llamado K’na Boyet, donde te cocinan al momento el pescado y la carne que tu eliges. No es muy barato, pero la calidad nos pareció excelente y el ambiente muy acogedor (tomamos un pescado a la brasa, un calamar entero a la parrilla y una ración de kinilaw -pescado crudo macerado con limón, muy parecido al ceviche peruano-, con un par de cervezas San Miguel Light -muy común en Filipinas- por 900 pesos, unos 18 euros los dos).

La última noche en Puerto Princesa tomamos la decisión de hacia dónde encaminar nuestra ruta. El siguiente destino sería Port Barton, en la costa oeste de Palawan, de camino a El Nido. Nos levantamos a las 6 de la mañana, tomamos un buen café en Cafe Itoy’s (en Rizal Avenue) y nos informamos de cómo llegar de Puerto Princesa a Port Barton.

Existen varias opciones: la primera y más sencilla -pero más cara-, es contratar una van (una furgoneta con aire acondicionado donde caben unas 10-12 personas) que te recoja en tu alojamiento y te deje en Port Barton. El precio ronda los 500 pesos por persona (unas 10 euros) y se demora 3 horas. La segunda opción es ir por tu cuenta hasta la estación de autobuses de Puerto Princesa, que resulta que no se encuentra en la misma ciudad, sino en San José, a 7 kilómetros al norte. Hasta allí se puede llegar en triciclo (por unos 150 pesos, 3 euros) o bien en jeepney (por 13 pesos por persona, 0,26 euros. Hay que coger el jeepney que lleva escrito San Jose Terminal/New Market y avisar al conductor de a donde se va, para que te avise al llegar). Una vez en la estación de San Jose hay dos opciones: coger un autobús (cuesta unos 250 pesos por persona, 5 euros, y se demora unas 4 horas), o bien coger una van (a nosotros nos pedían 400 pesos por persona, pero lo regateamos hasta los 300 pesos por persona, 6 euros). Nos pareció que entre el precio del autobús y el que conseguimos por la van (1 euro más caro de diferencia) nos valía más la pena viajar en van con aire acondicionado y ahorrándonos 1 hora de trayecto.

¡Ya llegamos! – le dije a Javi

Sí, quedan 23 kilómetros – me respondió él

Pues bien, resulta que los últimos 23 kilómetros para llegar a Port Barton aún están sin asfaltar, por lo que ese tramo se convierte en una hora llena de piedras y baches que el conductor intenta evitar sin mucha suerte.

Al llegar a Port Barton tuvimos que pagar una tasa (50 pesos por persona, 1 euro) obligatoria durante la estancia, y sobretodo si vas a realizar alguna excursión, pues te pedirán el comprobante según has abonado dicha tasa. Ahí fue la primera vez, aunque no la última, ni mucho menos, que empezamos a ver que en Filipinas hay que pagar por todo.

Lo primero fue encontrar alojamiento. Nos resultó bastante fácil, pues la mayoría de casas de huéspedes y cabañas se extienden a lo largo de la playa de Port Barton. El primero en el que preguntamos fue el primero en el que nos quedamos. Y fue todo un acierto, no precisamente porque el lugar fuese el mejor que podíamos haber encontrado, pero sí fue donde conocimos a la mejor gente con la que nos hemos cruzado durante lo que llevamos de dar la vuelta al mundo.

El lugar en cuestión se llama El Busero Inn. Es un casa de huéspedes de madera, que funciona como restaurante al mismo tiempo. Está justo en la orilla, donde al salir tus pies ya pisan la arena y unos pasos más adelante el mar. ¡Una gozada de ubicación! Cuenta con una decena de habitaciones en el primer piso, baño compartido y unas hamacas en una pequeña terracita. El lugar es sencillo y sin muchas comodidades, pero por 600 pesos la noche (12 euros por una habitación doble para dos personas, baño compartido) nos pareció muy bien. Eso sí, simplemente añadir que durante la estación seca hay muchos días en que no disponen de agua en el baño del primer piso, lo que hace que solo haya un baño en la planta baja para todos los huéspedes, y no siempre funciona.

Poco a poco, también descubrimos que en Filipinas no íbamos a disponer de muchos lujos cuando quisiésemos, entendiendo por lujos el tener agua para ducharnos o electricidad más de un par de horas al día. Cosas que nos sucedieron reiteradas veces en diferentes islas y establecimientos donde nos alojamos.

Pero volvamos a Port Barton, el lugar que nos robó el corazón. Donde llegamos para una noche y acabamos quedándonos cuatro.

El primer día intentamos ir a White Beach, una de las playas más recomendadas de la zona y a la que se puede llegar en un paseo de 40 minutos. Sin embargo, a los quince minutos de estar caminando, nos empezó a llover con ganas, así que dimos media vuelta y regresamos a la playa de Port Barton, con tan buena suerte que, justo delante de nuestro alojamiento, conocimos a dos parejas de Galicia. Ellos también se alojaban en El Busero y tras dos horas hablando a orillas del mar, decidimos comer juntos allí mismo. Desde aquel momento establecimos una conexión genial con ellos cuatro, y pasamos muchas horas charlando sobre nuestras vidas cotidianas y los sueños que cada uno llevaba dentro.

Port Barton PalawanAquella misma tarde recorrimos el pequeño pueblo de Port Barton, que a penas cuenta con una decena de calles sin asfaltar, casas hechas de bambú y madera con techos de chapa (pocas cuentan con algo de cemento), una cancha de básquet (muy común a lo largo de todo el país, es el deporte más popular), algunas tiendecitas tipo colmado, algún restaurante de comida local y sorpresas que aún estaban esperándonos. Acabamos el paseo al final de la playa, con un atardecer que nos dejó atónitos y que nos abrazó en un momento mágico. Caímos rendidos a Port Barton y fue ese el momento en que supimos que al día siguiente no podríamos marcharnos.

Aquella misma noche descubrimos uno de los lugares donde no os recomendamos para nada que vayáis a cenar, quizá ni siquiera a tomar una copa. Es el restaurante que hay al final de todo de la playa de Port Barton, el Greenviews. A eso de las 6 de la tarde, suelen poner música que se escucha desde toda la bahía, sin importarles si a algún vecino le molesta (aunque esto es muy común en Filipinas, donde no les importa mucho hacer ruido sean las seis de la mañana o las doce de la noche). Pues bien, ingenuos nosotros, viendo que el “musicón” de dicho restaurante había sido sustituido por música en directo, pensamos darle una oportunidad. Resultó ser la peor comida que habíamos tomado hasta el momento y la música en directo era bastante mala. Salimos de allí con la sensación de haber elegido muy mal el lugar y de haber malgastado el dinero. Aunque a veces, las cosas pasan por algún motivo…

Justo al salir del Greenviews vimos a los gallegos acercarse. Iban camino a cenar allí. Les recomendamos que no cometieran el mismo error que nosotros, y juntos nos encaminamos a buscar un lugar donde ellos pudiesen comer algo y nosotros tomar una cerveza. Como ya pasaban de las 9 de la noche, no encontrábamos ningún sitio donde sirviesen comida. Descubrimos que en Port Barton la cocina de los restaurantes cierra antes de las 9 de la noche, así que si no quieres quedarte sin cenar te recomendamos que vayas antes de las 8,30 de la tarde. Desesperados ya, probamos en la última opción que nos quedaba, una pizzería llamada Gorgonzola que habían recomendado a Xoan, uno de los chicos gallegos.

¡Y qué sorpresa! Resultó que la pizzería Gorgonzola es de los mejores sitios de Port Barton, por no decir el mejor, hasta el momento. Al entrar, el olor a pizza recién hecha nos embriagó a todos. El horno de leña trabajaba sin cesar, al ritmo que sus trabajadores daban forma a la masa, añadían ingredientes y mostraban sonrisas salpicadas de harina fresca.

Podéis coger, es gratis. Hoy es la última noche y estamos de fiesta

¿Cómo que es gratis? ¿Cómo que es la última noche? ¿Fiesta, qué fiesta?

Una chica de pelo ondulado castaño, con dos faros azules por ojos, y una sonrisa abierta nos miraba acogedora e invitándonos a entrar y quedarnos entre ellos. Poco a poco fuimos entendiendo… Ella es Susana, una mallorquina que abrió la pizzería Gorgonzola el pasado mes de diciembre junto a su novio Rotem, de Israel. Ambos cayeron rendidos ante la magia de Port Barton y decidieron establecer allí su negocio. Trabajaron muy duro durante la temporada y justo aquella era la última noche que el Gorgonzola estaba abierto. Justo unos minutos antes de llegar nosotros, la pareja había decidido invitar a las últimas pizzas que les quedaban y empezar la fiesta entre clientes y trabajadores, todos juntos al son de música, al trago de cervezas frías y al bocado de unas pizzas que estaban realmente deliciosas.

La madrugada nos atrapó charlando con Susana, Rotem (los propietarios de la pizzería) y Pou, un chico catalán que nos contó estar montando su propio negocio justo en esa misma calle, una crepperia que abrirá sus puertas a finales del 2016. Sin a penas darnos cuenta empezamos a sentirnos tan a gusto que parecía que llevásemos allí semanas o meses… y no menos de 24 horas. En los días venideros pudimos conocerles más a fondo. Antes de dar por zanjado aquel maravilloso día, hicimos caso de la recomendación de Pou y nos bañamos en el mar a las 2 de la madrugada. Nos adentramos en las aguas oscuras y el plantón empezó a brillar. Movíamos pies, piernas y brazos para que aquel amarillo fosforito nos envolviese.

Paradise Island Port BartonA la mañana siguiente nos fuimos de Island Hopping, una de las mejores actividades que hacer en Port Barton para descubrir las islas de alrededor. Nos informamos de los tours que habían: A, B, C, D. Todo bastante estándar: empiezan a las 9 de la mañana y acaban a las 4 de la tarde, incluyéndote la comida y el equipo de snorkel, por 700 pesos por persona (14 euros). La diferencia entre uno y otro son las islas donde paran y los lugares donde hacer el mejor snorkel de la zona. Nosotros escogimos el C porque incluya una parada en Paradise Island, que nos la habían recomendado mucho. Fue un día increíble… a pocos minutos de haber empezado a navegar nos mirábamos alucinados, el paisaje era precioso, el agua de un azul intenso, pocos barcos alrededor (siendo prácticamente durante toda la jornada los únicos que amarraban en alguno de los lugares previstos) y una sensación de estar surcando el paraíso que no habíamos tenido antes en nuestra vida. Paradise Island nos pareció lo que su nombre indica: el Paraíso. Una pequeña isla con playas de arena fina y blanca, como si hubiesen derramado un tarro de harina; de aguas cristalinas y limpias, palmeras alineadas en la costa, nada de basura, nada de gentío…

Los días que siguieron nos dedicamos a ver amaneceres desde la pequeña terraza de El Busero, a tomar desayunos ricos con los gallegos, a pasear por las escasas calles del pueblo, a ver cómo transcurría la vida en Port Barton, a ver atardeceres mientras nos bañábamos en un mar tranquilo y, sobretodo, a pasar tiempo con Susana, Rotem y Pou, quienes son como una pequeña familia y quienes nos acogieron como si fuésemos parte de ella. Despedirnos de Port Barton nos costó lo nuestro. Sentíamos como si algo nos estirase para retenernos en aquel lugar y nosotros no quisiésemos oponer resistencia. Pero sabíamos que debíamos continuar. La siguiente parada era El Nido (de lo más conocido no solo de Palawan, si no de Filipinas entera) y no podíamos marcharnos sin poner ni que fuera un pie allí.

Os recomendamos algunas cosas que hacer por la zona: Ir a la playa White Beach, que queda a 40 minutos andando de la playa de Port Barton, y vale mucho la pena. Se trata de una franja de arena blanca salpicada de palmeras y bañada por aguas cristalinas. Lo mejor es que no hay nadie, o al menos nosotros estuvimos solos. Otra excursión es ir a las cascadas, que están a una hora aproximadamente a pie. Quedan hacia el otro lado que la playa White Beach. Preguntando a los locales se llega fácilmente a ambos lugares. Otro plan interesante es alquilar un kayak y navegar a vuestro aire por las playas e islas cercanas a Port Barton.

Para viajar de Port Barton a El Nido cogimos una van. Nos costó 600 pesos por persona (aunque inicialmente nos pedían 800 pesos) y se demoró 3 horas. Existe otra opción: coger un autobús de Port Barton a Roxas, que cuesta 150 pesos por persona. Una vez en Roxas, se puede coger otro autobús (suele ser el que cubre el recorrido de Puerto Princesa a El Nido, por lo que quizá haya que esperar unas horas a que pase) o bien coger una van que vaya de Roxas a El Nido.

nacpan y cabanas beachCuando llegamos, la van nos dejó en la estación central de autobuses de El Nido, donde hay que pagar una tasa de 200 pesos por persona (4 euros). Desde allí se puede coger un triciclo (suelen pedir 50 pesos, 1 euro) o caminar hasta el pueblo o hasta la cercana zona de Corong-Corong. Nuestros pasos nos llevaron hacia esta última, puesto que otros viajeros nos habían recomendado alojarnos a lo largo de la playa de Corong-Corong, ya que El Nido no era muy bonito y, además, algo más caro. Después de preguntar en varios alojamientos, encontramos una habitación básica en una casa bastante sencilla. Aún sin tener muchas comodidades, la habitación doble con baño privado nos costó 1000 pesos la noche (20 euros para los dos). Fue lo más económico que encontramos. El resto de alojamientos costaban entre 1500 y 3000 pesos la noche. La relación calidad precio fue la que peor valoramos en todo nuestro viaje por Filipinas, pero claro, estábamos en El Nido, lo más famoso y turístico de todo el país.

La primera tarde la dedicamos a caminar hasta la playa de Las Cabañas, a unos 30 minutos a pie desde Corong-Corong. Nos pareció una playa muy agradable, limpia, con arena blanca, aguas claras, una tirolina que sobrevuela desde un monte hasta un pequeño islote en medio del mar, y un monto de gente aceptable para sentirte acompañado pero no apelotonado. 

Por la noche nos aventuramos a descubrir El Nido. La expectativa que llevábamos no era muy alta, así que la decepción fue proporcional a esta. Como pueblo lo encontramos falto de encanto, parecido a otros lugares del mundo que se han rendido a la multitud de turismo que los ha invadido quitándoles parte de su encanto y alma. El caos se aglutinaba en pequeñas calles en las que el tráfico luchaba por encontrar un camino entre los turistas que andaban en busca de un bar, un restaurante, un tour, un curso de buceo o un paso que les llevase a la playa.

Y es que lo más interesante que hacer en El Nido, no está dentro de El Nido, sino hacia sus pináculos que bañan el mar, que lo decoran de un paisaje espléndido y solo parecido a la Bahía de Halong, en Vietnam, o a las montañas del Río Li entre Guilin y Yangshuo. O al menos a nosotros nos recordó a estos otros paisajes tan especiales.

Big Lagoon El NidoAsí que la mañana siguiente la dedicamos a hacer uno de los tours del Island Hopping para acercarnos hasta ese paisaje que fascina ya desde la orilla. Se puede escoger entre cuatro diferentes (A, B, C o D). Nosotros escogimos el A, puesto que era el que recorría dos de los lugares que teníamos claro que queríamos visitar: el Big Lagoon y el Small Lagoon. El barco nos recogió a las 9 de la mañana, tras un copioso desayuno que estaba incluido en los 1200 pesos (24 euros por persona) que cuesta este tour (el A costaba 1200 pesos, el resto variaban entre 1400 y 1600). Lo primero que visitamos fue el Big Lagoon, una laguna que queda rodeada por unos altos pináculos que la protegen del mar abierto. Nos pareció realmente bonita, y a aquellas horas aun no habían demasiados barcos, por lo que disfrutamos del momento sin mucha aglomeración. Seguimos navegando entre islas y formaciones rocosas hasta una pequeña playa paradisiaca. Allí desembarramos y con el agua que nos llegaba hasta la cintura fuimos siguiendo al guía hasta el Secret Lagoon, una pequeña laguna que queda escondida a vista de cualquiera que no sepa que está ahí, pues hay que atravesar una roca metiéndose por un pequeño agujero que requiere de habilidad para doblarse en uno mismo y pasar de un lado a otro. A pesar de que había algo de gente, nos pareció un lugar muy especial y digno de ser visitado. Más tarde atracamos en otra isla, donde los barcos empezaban a aglomerarse hasta estar pegados uno con otros. Decidimos escapar del gentío con el único kayak que nuestro barco llevaba, y remando de un lado a otro, encontramos un agujero entre rocas. Lo que encontramos al otro lado nos dejó maravillados. No sabíamos dónde estábamos…

No sé qué es esto. No sé qué más veremos hoy, solo sé que esto es lo más bonito que he visto… – Le dije a Javi

Sí… – Cuando le miré tenía la boca abierta y los ojos iluminados. Así que no hizo falta que contestase a lo que yo acababa de decirle. Ambos coincidíamos.

Saltamos del kayak y nos sumergimos en las aguas claras de aquellas pequeñas lagunas que se cruzaban unas con otras. Navegamos hasta cada pequeño rincón de entre aquellas rocas, dejándonos bañar por los rayos de sol que conseguían crear una luz increíblemente especial.

Cuando volvimos junto a nuestro grupo y le dijimos al guía por donde habíamos estado, nos miró atónito y nos dijo: ¡es el Small Lagoon! Resultó que, sin saberlo, habíamos dado con el paso que llevaba hasta la parada que íbamos a hacer después de comer, el Small Lagoon. Así que, suertudos nosotros, lo volvimos a visitar un rato más tarde. La jornada acabó en la playa de Seven Comando Beach. A las 4 regresamos a Corong-Corong, y aquella misma tarde vimos la puesta de sol desde La República, un bar regentado por un chico catalán muy simpático que ha creado de este Sunset bar un referente de moda donde la gente se encuentra para ver el atardecer.

Nacpan BeachOtra de las jornadas la dedicamos a visitar la playa de Nacpan, a unos 26 kilómetros de El Nido. Alquilamos una moto que nos costó 400 pesos (8 euros), de 9 de la mañana a 8 de la tarde. La playa nos pareció muy bonita e ideal para pasar un día entero. Puedes llevar comida o bien comprarla allí en alguno de los chiringuitos. En nuestro caso siempre solíamos llevar algo de comer para las jornadas de playa, bien por ahorrar (en los sitios de playa suelen incrementar los precios) o bien por ser precavidos y no dar por hecho que íbamos a encontrar restaurantes o tiendas (Filipinas no brilla por sus comodidades por doquier a gusto del consumidor). Para llegar hasta la playa hay que pagar una tasa turística (50 pesos por persona, 1 euro). Si no conducís moto, hay otra opción para llegar hasta Nacpan: Se puede contratar un triciclo. Otros viajeros nos comentaron que suelen cobrar entre 800 y 1000 pesos por llevarte, esperarte y devolverte (entre 16 y 20 euros).

Después de 3 días nos despedimos de El Nido, sintiendo que habíamos estado en un lugar muy turístico (y bastante caro), a la par que muy impresionante; nos había regalado un paisaje mágico, de las mejores puestas de sol que habíamos visto y gente muy agradable con la que nos habíamos ido cruzando.

Deshicimos camino desde El Nido a Puerto Princesa de nuevo en van (furgoneta). En todas las oficinas turísticas (muchas son puestecitos portátiles de bambú o madera) pedían 500 pesos por persona, nosotros lo acabamos consiguiendo por 450 (9 euros). Salimos a las 8 de la mañana y nos demoramos 4 horas en llegar. De nuevo estábamos en la capital de Palawan, donde pasamos nuestra última noche. El siguiente destino nos esperaba: Cebú y las Visayas.

A tener en cuenta en Palawan: Hay cajeros (ATM) en Puerto Princesa. En Port Barton no hay. Y en El Nido solo hay un ATM (en Real St., queda en el centro de El Nido). Muchos ATM tienen un límite para sacar dinero de 10.000 pesos y todos cobran una tasa de 200 pesos (independientemente y añadida a la que luego te cobre tu banco). Para salir del aeropuerto de Puerto Princesa cobran una tasa obligatoria de 200 pesos por persona (4 euros). También hay que pagar tasas al llegar a Port Barton (50 pesos por persona, 1 euro), a El Nido (200 pesos por persona, 4 euros) y para visitar algunas playas, como la de Nacpan (50 pesos por persona, 1 euro).

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1 Comment

  • Reply Helena 12 mayo, 2016 at 21:43

    Qué bien lo explicáis y que fantástico lo estáis pasando ¡¡ paisajes maravillosos y atardeceres espectaculares!! Felicidades seguid enviando noticias .

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